LA ANTIGUA ESTACIÓN DE FERROCARRIL: «MI RINCÓN DE AÑORANZAS»

Se dice que al pasar los años, lo único que verdaderamente es nuestro son los recuerdos de la época cuando nos permitimos ser felices sin tanta alharaca por las cosas “importantes” de la vida;  bueno mi vida o al menos una parte de ella, está ligada inexorablemente a esa época en la que mis correrías empezaban con el rugir de un gigante de fierro y ruedas, que anunciaba su llegada con resonantes bramidos al cruzar por el ubérrimo valle del Mantaro, para alegría de toda la chiquillada del mercado mayorista, lugar donde crecí, “ya llego el tren…”.

Era el santo y seña para empezar nuestras correrías de mocosos e ir detrás de una nueva, aunque arriesgada, aventura, siempre al lado de nuestro “amigo” para disfrutar a nuestras anchas de la libertad que nos ofrecía en la inmensidad de su “casa”  la antigua Estación de Ferrocarril Central, con sus añejos eucaliptos, sus labrantíos que en época de lluvia se colmaban de renacuajos, o sus roquedales que servían de guarida a los grillos que con tanto afán buscábamos. Todos ellos mudos testigos de nuestros fines de semana de fútbol en «canchitas» improvisadas de tierra, teniendo como marco de portería a un par de piedras; cómo no recordar las carreras que hacíamos para ver quien llegaba a ver primero a ese titan; que en lugar de temer le teníamos un solemne respeto y quedábamos fascinados, producto de nuestra simplicidad infantil, ante la capacidad que tiene el ingenio humano para crear tales maravillas.

«…Con sus añejos eucaliptos, sus labrantíos que en época de lluvia se colmaban de renacuajos, o sus roquedales que servían de guarida a los grillos que con tanto afán buscábamos…»

Ya entrado en mas años y con una carrera universitaria a cuestas, me picó el bichito de investigar la historia de nuestra estación de ferrocarril, la tarea no fue fácil en primera instancia, ese tiempo no contábamos con las facilidades que el Internet nos brinda ahora, habría que recorrer bibliotecas, preguntar a antiguos trabajadores, en fin, hacer todo un trabajo meticuloso para dar con el primer hilo de la madeja y empezar a hilar esta historia que les cuento.

Nuestra estación fue parte de una utopía inconclusa, tuvo su génesis como una “fiebre por los ferrocarriles” a mitad del siglo XIX, con iniciativas del gobierno de Ramón Castilla y después de José Balta. Este último, en 1869 promulgó la ley que ordenó la construcción del ferrocarril de penetración de Lima a Jauja, y tuvo a Henry Meiggs como su principal impulsor, este visionario “gringo” embanderó la frase “Colocaré rieles allí donde caminan las llamas”.

Gastó suelas por los burocráticos pasillos del palacio de gobierno, hasta que logró convencer a los más escépticos politiqueros de aquel tiempo, sobre la necesidad de construir una vía que conectara la capital con el verde y productivo valle del Mantaro.

Pero la fortuna que no siempre acompaña a los arriesgados, le jugó una mala pasada la mañana del 30 de Setiembre de 1877, Henry Meiggs es llamado para construir ferrocarriles en el más allá, de esta manera el arquitecto de este sueño deja inconcluso la mejor obra de construcción que se había forjado en el Perú de esa época.

No se pudo continuar con la obra desde esa fecha por causa de la infame guerra con Chile. Como todos sabemos, terminada la guerra, el país quedó arruinado y devastado (aunque el valle del Mantaro hizo morder el polvo de la derrota al ejército araucano).

Hubo que iniciar la tarea gigantesca de restañar heridas y restaurar lo destruido por el invasor. Imposibilitado por sí solo de reconstruir y continuar sus ferrocarriles, el Perú firmó en 1889 el denominado contrato Grace con el ciudadano inglés Miguel Grace, mediante el cual, éste se hacía cargo de reparar y completar las líneas del ferrocarril central; don Manuel P. Grace fue facultado para continuar la obra según contrato, del 26 de Febrero de 1885, cuyos derechos y acciones fueron adquiridos por The Peruvian Corporation Ltd. el 20 de marzo de 1890.

Es en ese entonces, que la Compañía del Ferrocarril de La Oroya y Mineral de Pasco, obtuvo la administración del proyecto y se encargó de continuar la construcción de la línea férrea, logrando llegar el 10 de Enero de 1893 a la capital siderúrgica del Perú, de esta manera logró ser terminada la más grande obra de ingeniería que en el Perú se haya hecho hasta esa fecha, el Ferrocarril Central del Perú, uno de los más altos del mundo y único en Sudamérica que alcanza los 4,781 metros sobre el nivel mar en el túnel de Galera. El punto más alto del recorrido está situado en la zona conocida como La Cima a 4,835 m.s.n.m.

El 25 de febrero de 1905, se autorizó la prolongación del ferrocarril central siguiendo el curso del río Mantaro y cruzar pueblos y ciudades como Jauja, Apata, Matahuasi, Concepción y finalmente Huancayo. Quedando establecido el tráfico hasta esta última estación, el 8 de septiembre de 1908.

El relato anterior es parte del pasado (al menos parte de mi pasado), un pasado que ahora está sepultado por toneladas de concreto y un sinfín de automóviles y personas, que entran y salen de un lugar al que van a buscar una salida a esa falaz vida que ahora llevan, producto del engaño que causa la publicidad y su mensaje mesiánico de “un mejor estilo de vida”; un lugar donde piensan encontrar de todo para llenar sus vacíos existenciales en “oferta” y por tiempo “limitado”; ahora todo ha cambiado, pues lo que significó para nosotros los que crecimos jugando dentro de la antigua estación de ferrocarril pertenece al pasado, ese mundo yace debajo de “la modernidad” que está representada en un centro comercial.

Alguna vez leí por ahí, que cabía la posibilidad de convertir a la antigua estación en un museo, donde se cuente la historia del ferrocarril y se expongan a los antiguos titanes que desafiaron a la agreste naturaleza, a la imponente cordillera de los Andes y que tantas veces recorrieron sus caminos de hierro. Dando de esta manera, la oportunidad de compartir ese cariño por este pedazo de tierra, una lástima que no se haya podido concretar, pues la creación de espacios culturales en nuestro país no tiene sitio, no vende y el dinero con todo su poder impuso su fuerza y ahora muestra orgullosa los “logros” y “avances” que la modernidad trae.

Tal vez muchos no compartan mi forma de pensar, pero este relato no es más que la voz de ese niño interior que aún vive en mí y que entraña esa añoranza por un pasado que juzgo, fue mejor.

Autor: <strong>César Muñoz Oré</strong>
Autor: César Muñoz Oré

Comunicador Social, egresado de la Universidad Nacional del Centro del Perú. A cursado estudios en el Instituto de Democracia y Derechos Humanos de la PUCP. Actualmente, combina su trabajo de cronista con el de consultor de proyectos y programas de desarrollo.


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